Chus García-Fraile y la reconstrucción de lo nuevo.

Jose Luis Corazón Ardura

 

Como veis, nada de edificios, nada de cómodos pisos; tan sólo destrucción y anarquía. El hombre de la calle se mofaba de todas estas cosas, las consideraba caprichos de bromistas, mas han resultado una diabólica intuición que se ha encarnado en nuestro tumultuoso presente.

MAIAKOVSKI

 

 

Resulta paradójico considerar una cierta vacuidad del arte del presente cuando lo apropiado es precisamente lo contrario. Estamos ante una proliferación de ferias, museos, galerías o exposiciones que actúan como contenedores específicos de eso que se llama arte. Este espacio corresponde al capitalismo que vivimos en una proyección de lujo, confort y seguridad a la que se aspira, siquiera en formas tan objetivas como las que corresponden a la propia figuración del arte. Si desde las vanguardias se hizo posible no sólo la modificación de la realidad, paulatinamente iba ligado a otro trastorno en el ideario de lo que sea lo artístico, lo estético o simplemente lo real. Si no olvidamos que ya Leonardo consideraba la pintura como cosa mental, no supone una ironía tratar temas como el continente y lo contenido, la figuración y la abstracción o la perspectiva y la reproducción, porque no conviene confundir lo que se dice con cómo se dice. Lo cierto es que estos temas están vinculados a la propia forma de aparecer de la obra de arte y, como sabemos desde el ready-made de Duchamp, la importancia está en la lectura del espectador y en la conciencia de que hay que cambiar las cosas de sitio.

 

En la trayectoria de Chus García-Fraile ha sido constante el desplazamiento llevado a cabo en el discurso de la publicidad, en la afirmación del carácter consumista y en el traslado a zonas especiales como centros comerciales, cruceros hedonistas y destrucciones implacables o en ese símbolo de la destrucción que fue el incendio de la Torre Windsor de Madrid que en su caso se anunciaba como un lema proclive a lo comercial: “Ya es primavera”. Este carácter apropiacionista que ha llevado a cabo en su trabajo responde a una intención mimética que habla de la deconstrucción de los ideales propios de la sociedad del bienestar. El lujo que corresponde a lo que brilla termina por disolverse en forma de obra de arte y esa representación queda duplicada en una metáfora que habla del detrito y sus depósitos. Walter Benjamin señaló -como escribe Eduardo Subirats- cómo la transformación de los objetos se acompasaba tanto en el arte como en la realidad. Arman encontró en la basura que introducía en cajas de cristal un estudio sociológico de la ciudad del presente. En el caso de este cubismo irónico y procaz de Chus García-Fraile, el contenedor es una metáfora de esa reproductibilidad técnica donde lo importante es, más que el aura individual, la repetición de una diferencia cualitativa (un contenedor de basura de distintos colores) y cuantitativa (son quince elementos) cuya presencia nos hace pensar en un sinestésico ordenamiento de los desechos del capital que brillan, como el lujo, por su ausencia.

 

Porque, como señala Adorno, el fetichismo de la obra de arte muestra una paradoja entre lo que necesitamos y queremos, entre lo que no necesitamos y desechamos. Algo por hacer en esa labor de acercamiento al presente que significa hablar de lo nuevo. Y como no se trata de hablar de un arte nuevo y otro viejo, Chus García-Fraile continúa en una tradición que desde la vanguardia permitió el uso de los materiales aparentemente alejados del elitismo, constatando que la presencia del arte en la ciudad pasara desapercibido en forma de diseño o publicidad. Si lo importante no era tanto continuar utilizando materiales propios de la escultura, sino encontrar en el propio diseño las bases estéticas y esteticistas, Chus García-Fraile encuentra en una alineación de cubos de basura la higiene y limpieza que pertenecen a ese bienestar de lo ordenado. En este sentido, su trayectoria ha estado orientada al hallazgo de un espacio entre lo que está en el interior del capital y en el seno de las ciudades como espacios de construcción. Su reacción como artista le ha llevado a modificar el tamaño de los objetos, a descubrir los aspectos superficiales de una clase media dispuesta a disfrutar del confort del fin de semana que encontramos en el centro comercial, ya sea para pasar la tarde o para disfrutar de los productos de consumo cuya única solución parece ser la degradación del hedonismo de la sociedad del bienestar. Como constata Adorno, no sabemos bien si el arte es trabajo u ocio porque su presencia en el seno de lo burgués es contradictoria.

 

En este sentido, Chus García-Fraile nos dirige hacia un espacio similar al mostrado por Agnès Varda en su exploración de la mendicidad en Los espigadores y la espigadora (2000), donde se podía ver a personas que, por distintos motivos, se veían abocados bien a buscar el alimento caducado en la basura depositada por los hipermercados o bien a tratar de recolectar en los campos los restos que no pasan los controles de tamaño o apariencia. Este exceso estético que conduce inevitablemente a la sobreproducción es en este caso también un depósito de contenedores que hablan del propio lugar del arte. Porque nada más extraño a lo estético que lo vulgar, en esta colección de cubos se ofrece la posible comprensión del arte como recipiente y receptor. En esa espera donde la limpieza y el cuidado pertenecen a lo plástico, ahí se muestra el espacio sin lugar del consumo y del reciclaje. Entonces, aparece la crítica como una inversión de los valores y esta transformación deviene para Chus García-Fraile en una actuación simbólica sobre lo real, ahí donde se hace presente una iconoclastia que significa la reconstrucción de lo nuevo.